El grito manso que aún resuena

No es posible vivir plenamente como ser humano sin esperanza.

(Freire, 2008: 25)

En 1996, el pedagogo brasileño Paulo Freire tuvo una de sus últimas intervenciones públicas en la Universidad de San Luis, cuando le fue entregado el título de Doctor Honoris Causa. Su discurso fue transformado en libro (El grito manso) y condensa las reflexiones sobre la educación que Freire legó, en los últimos años de su vida, a las futuras generaciones.

Nacido en Recife en 1921, Freire se dedicó, sobre todo, a la alfabetización de adultos en ámbitos de educación no formal. La dictadura militar brasileña hizo que sufriera la persecución, la prisión y el exilio. Es el exponente más célebre de una idea simple pero potente: si todos y todas sabemos algo, el hecho educativo nunca se produce en una sola dirección. Es decir, aprende quien enseña y enseña quien aprende.

En momentos en que la realidad mundial –y más aún la latinoamericana– se presenta compleja y agobiante, siempre es saludable volver a Freire. Toda práctica educativa –proponía el  pedagogo–  implica una indagación: “qué pienso de mí mismo y de los otros” (2008: 27). Esa primera pregunta instala a la educación como hecho político y, lo que es todavía más importante, habilita una posibilidad siempre esperanzadora: la invención de nosotros mismos es un atributo de todas las mujeres y los hombres. “La conciencia del inacabamiento –arriesgaba Freire– creó lo que llamamos la educabilidad del ser” (2008: 29).

El hombre que enseñó a leer a miles de personas entendió también que no basta con la lectura de la palabra, sino que también es necesario aprender a leer el mundo. La posibilidad de entender la realidad nos vuelve capaces de intervenir sobre ella y de transformarla. Freire ofrece así un antídoto contra lo que llamó “la ideología inmovilizadora y fatalista” que parecía dominar el escenario latinoamericano durante la década de los noventa.

Frente al hecho de que Freire se dedicó a rescatar el saber popular, podría pensarse que restaba importancia al saber generado desde la academia. Nada más lejos de ello: “incluso en la práctica de la educación popular el pueblo tiene derecho a dominar el lenguaje académico” (ibíd.: 45)”. Y añadía: “Lo correcto es cambiar la academia y no dar la espalda a la academia (…) ponerla al servicio de los intereses de la mayoría del pueblo” (ibíd.).

En los últimos años de su vida, Freire abordó también el problema de la construcción de la autoridad del docente; un tema que atravesaría gran parte de las reflexiones educativas de los primeros años del siglo XXI. “Es preciso defender el derecho que tiene el niño de preguntar, de satisfacer su curiosidad –afirmaba–, pero al mismo tiempo decirle que hay momentos para preguntar y momentos para abstenerse” (ibíd.: 47). Y enseguida advertía: “Sin límites no hay libertad, como tampoco hay autoridad” (ibíd.).

Algo muy importante en la herencia que Freire pretendió dejar a todos los educadores y educadoras es la necesidad de mantener la coherencia entre el discurso y la práctica. Sin embargo, la distancia que pueda existir entre el discurso y la práctica también puede ser entendida como el camino que es necesario recorrer para volvernos mejores.

En momentos en los que puede flaquear la esperanza –insistimos– es saludable volver a Freire. Es saludable y es necesario recordar algunas de sus últimas palabras: “Si conseguimos convencer a los jóvenes de que la realidad, por más difícil que sea, puede ser transformada, estaremos cumpliendo una de las tareas históricas del momento. Hay que tener en cuenta que la historia no termina con la historia individual de cada uno” (ibíd.: 57)”.

@AAUNAHUR