Fuera de todo

¿Qué fibra nos une al mundo de los muertos? ¿En qué mundo vive quien ya no está entre los vivos? Cada uno de los poemas de Sonia Scarabelli está atravesado por estas preguntas.

La obra en su totalidad, organizada en tres apartados, puede leerse como un intento de encontrar al que “está fuera de todo” en la materia sensible construida alrededor de la voz poética. Si en Flores que prefieren abrirse sobre aguas oscuras (publicado por la poeta en 2008), la constatación de nuestra brevedad está en todas las cosas; en su último libro todas las cosas están concentradas en la figura del padre. El padre es uno y todo; está adentro y también afuera.

Los poemas tienen el movimiento de las transmutaciones: el padre es recuerdo y sueño pero se vuelve pájaro, rama, árbol; la voz poética es yo encerrado que desborda en piedra, lombriz y palito seco. Hay que sacar todo afuera para poder ver, oír y tocar el recuerdo. Pero lo que se ve, se oye y se toca nunca acaba de ser el padre. Las sucesivas identificaciones de la figura paterna con las cosas sensibles permiten el encuentro, pero lo que se encuentra siempre es otra cosa. Así, la poesía de Scarabelli avanza por fulgores que se apagan apenas se pasa la página y reaparecen en la página siguiente.

El arte de silbar es título, pero también fibra que une el mundo de los vivos con el de los muertos; hilo que comunica interioridad y exterioridad. Silbar es cosa de hombres, cosa de padres y de hermanos. Pero ella, la voz que dice entre los versos, aprendió a silbar porque su padre le enseñó a hacerlo. Entonces, la presencia paterna está en un saber que solo puede materializarse con una exhalación. Es necesario soplar, sacar afuera. Y allí está el silbido masculino, flotando entre chicharras un día de mucho calor.

@AAUNAHUR