La UNAHUR, siempre a contramano *

¿Cómo se cruzan las expectativas de una estudiante de un profesorado universitario con la teoría educativa y la práctica de enseñanza en las escuelas? Sofía Yantorno reflexiona sobre ese triple cruce en un texto que interpela tanto a docentes como a estudiantes.

Cursaba el segundo cuatrimestre del Profesorado de Letras. En Pedagogía I estábamos leyendo a Michel Foucault, y estudiando la relación entre la institución escolar y la noción de panóptico. La escuela, descubríamos, era muchas veces un dispositivo normalizador, fiel a los intereses de la hegemonía. Una especie de exoesqueleto ortopédico correctivo, que moldeaba a sus sujetxs de forma tal que quedaran configurados para perpetuar un statu quo que favorecía a unos pocos.

Recuerdo que, a partir de esas y otras lecturas, entré en crisis absoluta con la carrera: no era para eso que me había anotado en el profesorado. Yo quería hacer algo bueno desde la enseñanza de la Literatura, no me gastaba una fortuna en fotocopias ni me quedaba noches enteras sin dormir para graduarme de engranaje de una máquina que reproduce desigualdades, una picadora de carne que se empeña en desarmar cualquier tipo de disidencia e individualidad. Se lo comenté, preocupada, al profesor de la materia. Le dije que si la escuela era eso, yo no sabía si la docencia era para mí. El profesor, humano y muy cálido, se tomó el tiempo de charlar conmigo, contenerme y alentarme a que siguiera. Pero no quedó ahí. Se quedó pensando, y la clase siguiente retomó el tema, abordándolo de una manera inspiradora que nos conmovió a todxs. Ese compromiso con la educación pública, gratuita y de calidad restauró mi fe y me hizo pensar que, a pesar de todo, se puede hacer la diferencia.

Pasaron varios cuatrimestres, y hace poco di los pasos iniciales en mi práctica docente. El primer acercamiento a esa maquinaria gigantesca productora de subjetividad que es la escuela fue en una institución con una población bastante compleja. Ese período inicial trajo un ajuste entre la teoría aprendida y la práctica real.

Cuenta la leyenda que Ernest Hemingway apostó con un amigo periodista que podía escribir la historia más corta del mundo: “Vendo: Zapatos de bebé. Sin usar”. Una narración completa en seis palabras. En mi segunda clase me corrí unos segundos de mi explicación sobre los géneros discursivos para aportar una nota de color, relatando esa anécdota. Anoté las palabras en el pizarrón, arriba del cuadro sinóptico, para que pudieran comprobar que efectivamente eran seis. Me miraban, confundidos: “Profe, ¿eso es parte del cuadro?” “Profe, ¿eso también lo tenemos que copiar?

Fue un cimbronazo encontrar que mis maravillosas herramientas teóricas no contaban con tanto quórum en la realidad burocrática diaria.

Mis alumnxs, de nada menos que cuarto año de secundaria, no tenían las herramientas necesarias para comprender que les estaba contando una mera anécdota prescindible, tan acostumbrados estaban a que se les marcara exactamente el camino a seguir, como si fueran borreguitos a los que se les enseña a seguir al pastor mecánicamente, a través de señales sonoras claras. Así los habían moldeado: volcándoles en la cabeza contenido pre-masticado y pre-digerido, que, así como entró, salió sin dejar nada, sin reelaboración. Porque dios no permita que puedan intentar buscar la lógica de aquello que los rodea, no; que mucho menos se les ocurra tener un pensamiento propio. Mejor que repitan la lección, se sienten quietecitos en los bancos y no molesten con preguntas raras. Las cosas son así porque así lo dice el manual, y punto. Si Paulo Freire hubiera visto cuán marcado tenían que nada de lo que dijeran era válido, a menos que repitieran la santa palabra del docente que todo lo sabe, se habría pegado un tiro. Para mis estudiantes la palabra no tenía nada de emancipadora ni de liberadora, ni llevaba en sí el germen del pensamiento crítico. Por el contrario, era mecánica y mecanizadora.

Fue un cimbronazo encontrar que mis maravillosas herramientas teóricas no contaban con tanto quórum en la realidad burocrática diaria. A la tercera clase, un directivo me interceptó y me hizo saber que a la directora, que me había visto por las ventanas del salón, no le gustaba que yo permitiera a mis alumnxs escuchar música mientras trabajaban. Luego me dijo que yo era ”nuevita” y comenzó a advertirme, con desprecio sutil, de las “manzanas podridas” del grupo. Gómez era maleducado; Santillán, un vago; Pérez se ponía violento. Me estaba marcando, veladamente, que yo estaba bajo vigilancia, y que debía ceñirme a reproducir la forma de trabajo habitual en los docentes de la institución. Otra vez el panóptico.

Subí la escalera camino al aula pensando “no la escuches, no la escuches, no la escuches”. Es cierto que yo era nueva, pero de hecho, esos chicos que nombró estaban entre mis mejores estudiantes: aportaban, escribían, producían. Quizás Gómez, Santillán y Pérez reaccionaban de una manera no muy apreciada por ciertos directivos porque son, ante todo, seres humanos; personas dentro de una sociedad compleja en la cual no siempre se les hace fácil insertarse. Si me pasara a mí, yo también estaría un poco enojada. Quizás necesitan que no se los subestime ni se los condene por adelantado a ser causas perdidas, que se los guíe para entender un poco su contexto y así poder sacar sus propias conclusiones. Un uso de la palabra que sea liberador y crítico; no reproductor y mecánico.

Pasó el tiempo, fui conociéndolxs más y un día les comenté que, para quien lo necesitara, en la UNAHUR se realizaría un curso de elaboración de currículum vitae. Dos de las chicas se anotaron, y una de ellas fue con sus dos hijxs. Me dijo, emocionada, “es la primera vez que piso una universidad. Es la primera vez que mi hija pisa una universidad”. “Pero no es la última”, le contesté, firme, disimulando mi emoción.

Hay docentes ventana que descorren la cortina para mostrar nuevos horizontes, antes velados, y realizan una enorme labor de amor y de lucha.

Ese segundo cuatrimestre de mi carrera, en Pedagogía I, aprendí que la escuela moderna es un sistema con múltiples fallas, y que puede ser un dispositivo que perpetúa las desigualdades. Pero además aprendí que toda práctica educativa puede ser reproductora del statu quo, o bien, productora de algo nuevo, algo diferente. Eso es lo que me enseñó la UNAHUR: a tener esperanza -y tratar de darla-, a abrir horizontes. La Universidad, solo por nombrar algunas de las propuestas de 2018, desarrolló el ciclo de encuentros literarios Las palabras y las cosas, ofreció un campamento para sus estudiantes de Letras, se hicieron ciclos de cine abiertos a la comunidad, charlas como la de Darío Z, entre muchas otras actvidades. Ya sea con una conferencia de filosofía, con un concurso literario, con debates cinéfilos o con el simple compartir en el aula se fomenta siempre que se produzca la palabra, que circule. Qué lindo que circule la palabra. Ahí está el potencial de cambio, y ahí es donde la UNAHUR circula a contramano, porque, en un contexto político hostil, donde la misma gobernadora de la provincia de Buenos Aires nos dice que para qué queremos tantas universidades en el conurbano si igual los pobres no van a llegar, la Universidad redobla la apuesta por esa palabra emancipadora que tanta falta nos hace. ¿Y no es de eso, precisamente, de lo que se trata la docencia? De leer y comunicar, de tener un poco de albañil, un poco de magx, un poco de artesanx, un poco de poeta, un poco de revolucionarix. De nadar, en definitiva, contra la corriente.

Es cierto, hay mucho por hacer. Hay docentes y escuelas, como las que les tocaron a mis primeros alumnos, que forman parte de un aparato que los da por perdidos; pero también hay docentes que ponen todo lo que hay que poner -y un poco más también-, de esxs que no se dan por vencidxs ni aun vencidxs. Son docentes ventana: aquellxs que descorren la cortina para mostrar nuevos horizontes, antes velados, y realizan una enorme labor de amor y de lucha. Mis docentes pertenecen a este último grupo. Me enseñaron a creer en mis estudiantes y a tratar de hacer lo posible para que, mediante la palabra, mediante la maravillosa palabra llena de posibilidades, mis alumnxs puedan convertirse en intérpretes de su propia realidad, y así construirse y deconstruirse. Nadie debería pasar por un salón de clases sin llevarse aunque sea una miguita de eso. Y a la gobernadora, si tuviera la oportunidad, le diría ”dejame la Universidad, la necesito para mi alumna”.

[*] Por Sofía Yantorno, estudiante del Profesorado Universitario de Letras (UNAHUR).