No golpee antes de entrar

La extensión universitaria renovó fuerzas y alcances desde comienzos del siglo XXI. El surgimiento de un nuevo grupo de universidades entre 2002 y 2015 convierte la relación con la comunidad y el territorio en un elemento constitutivo de estas jóvenes instituciones.

 

Raíces y antecedentes

Varios estudios buscan los orígenes de la extensión universitaria –o tercera función– y establecen algunos de los hitos fundamentales en su desarrollo[1]. Recién en la segunda mitad del siglo XIX parecerían surgir las primeras políticas destinadas a vincular la formación superior con los proyectos productivos de algunas naciones, por un lado, y con la vida laboral de los ciudadanos, por el otro.

En 1862, el gobierno de Estados Unidos promovió la relación entre la formación superior y la comunidad a través de los Land Grant Colleges. Estos jugaron un papel fundamental para que los agricultores e industriales implementaran nuevas técnicas de producción. Apenas unos años más tarde, en 1870, la añeja Universidad de Cambridge comenzó a ofrecer cursos para que los trabajadores británicos incorporasen conocimientos y habilidades que se adaptaran al creciente proceso de industrialización. Esos cursos se agruparon, por primera vez, bajo el nombre de University extension. Es decir, el rótulo extensión universitaria parece provenir de esa experiencia desarrollada al otro lado del océano. También las universidades francesas, durante el mismo período, organizaron conferencias y eventos culturales abiertos a toda la comunidad. Sin embargo, de acuerdo con los especialistas, este tipo de actividades declinaron con relativa rapidez en toda Europa.

Los estudiantes cordobeses de 1918 radicalizaron las propuestas de extensión universitaria.

La Argentina –y la Provincia de Buenos Aires, en particular– es pionera en el desarrollo de las actividades de extensión en Latinoamérica. Ya en 1905, Joaquín V. González incorporó esas prácticas al estatuto de la naciente Universidad Nacional de La Plata. El hecho constituye un salto cualitativo con respecto a las experiencias estadounidense y europeas: por primera vez una casa de altos estudios considera que la relación con la sociedad es tan constitutiva de la vida universitaria como la docencia y la investigación. Si estas dos últimas actividades eran las que históricamente habían definido el quehacer de las universidades, en 1905 emerge con fuerza esa “tercera función”.

Sin embargo, fueron los estudiantes cordobeses los que radicalizaron las propuestas de extensión. La Reforma de 1918 proclamó la necesidad de que la élite privilegiada que cursaba estudios superiores pudiera involucrarse con los problemas sociales de su tiempo y contribuir a que las clases trabajadores mejoraran sus condiciones de vida. Además, el grito de Córdoba consiguió que las ideas reformistas –entre ellas, la extensión– se difundieran por Latinoamérica.

Después de la Reforma

El peronismo buscó profundizar la relación entre Universidad y proyecto productivo y, a la vez, intentó acercar los estudios superiores a los trabajadores. Luego, en los sesenta y durante la primera mitad de los setenta, el movimiento estudiantil estuvo especialmente empeñado en que la clase obrera ingresara a las aulas universitarias. La II Conferencia Latinoamericana de Extensión y Difusión Cultural, realizada en México en 1972, es una expresión de los cambios de orientación operados entre los universitarios. Los investigadores señalan que durante la década de 1970 tiene lugar una fuerte recuperación de los saberes populares que, al mismo tiempo, pone en cuestión el carácter asistencialista y paternalista de la extensión. Ya no es solo la Universidad la que aporta sus saberes a la sociedad, sino que también el pueblo tiene mucho que enseñarles a quienes, hasta ese momento, eran considerados los portadores de la cultura legítima. Por supuesto, las dictaduras latinoamericanas provocaron una severa retracción de todos esos procesos en curso.

La recuperación democrática en la región sufrió, en pocos años, el embate de gobiernos neoliberales. En 1998, a la luz de los efectos devastadores de la libertad de mercado, la UNESCO realizó una declaración en la que señalaba que la educación superior debía servir a la sociedad y jugar un rol importante en la mejora de las condiciones de vida de la población. En este marco, en 1999, el Ministerio de Educación de la Nación (MEN) y la Secretaría de Políticas Universitarias (SPU) crearon el Premio Presidencial de Prácticas Solidarias en la Educación Superior. Sin duda, aún se estaba lejos de quebrar prácticas puramente asistencialistas que servían apenas para atenuar los efectos de políticas económicas que concentraron la riqueza en pocas manos.

La crisis de 2001 abrió un proceso de “abajo” hacia “arriba” que estimuló la actividad de extensión en las universidades argentinas. Así como muchos trabajadores y trabajadoras recuperaban fábricas quebradas o los vecinos y vecinas fundaban clubes de trueque, la comunidad universitaria eligió dar respuesta a las urgencias sociales a través de la puesta en marcha de distintas actividades de extensión. Es posible que esa experiencia haya apuntalado una mayor institucionalización extensionista en el período 2003-2015.

La crisis de 2001 abrió un proceso de “abajo” hacia “arriba” que estimuló la extensión en las universidades argentinas.

 

En el 2002, el diagnóstico sobre la realidad de la extensión universitaria no era alentador. Se trataba de una función desjerarquizada, sin presupuesto específico y con un desarrollo muy desparejo entre las distintas casas de estudio. Además no existían instancias regulares para intercambiar y compartir experiencias. En 2003, la SPU, mediante la Resolución N° 97, formalizó la primera convocatoria de extensión universitaria. Los proyectos seleccionados contarían con una asignación presupuestaria específica. A través de la SPU, además, se comenzaron a financiar jornadas nacionales y congresos.

Algunos autores señalan que las Jornadas Nacionales de Extensión realizadas en la Universidad Nacional de La Plata (2005) marcaron un hito para el intercambio de experiencias. Desde ese entonces, cada año se realizan encuentros en instituciones de todo el país. Otro mojón importante en este recorrido es la creación, en 2008, de la Red de Extensión de Universidades Nacionales (Rexuni). En 2011, la Universidad Nacional del Litoral organizó el XI congreso de la Unión Latinoamericana de Extensión Universitaria en un intento de llevar el intercambio más allá de las fronteras nacionales.

¿Hasta dónde se extienden las nuevas universidades del Conurbano?

Extender los alcances de la Universidad es algo que puede hacerse de muchas maneras y con distintos énfasis. La creación de editoriales universitarias, por ejemplo, podría entenderse como un esfuerzo en esa dirección. También puede haber diferencias sobre qué zonas del “afuera” y qué sujetos se pretende alcanzar. Algunas instituciones podrían elegir funcionar como soporte técnico y científico de las empresas privadas: de hecho, durante la década de 1990, primó la concepción de una Universidad que vendiera servicios a terceros. Otras, por el contrario, podrían poner el acento en el trabajo con las comunidades más postergadas. El campo de influencia de las tareas de extensión es bien variado: promoción cultural y de derechos humanos, trabajo territorial, vinculación con otras instituciones e innovación productiva y tecnológica, por mencionar algunas de las áreas con mayor desarrollo.

Daniel Pico (UNAHUR): “La idea principal es que la Universidad sea un espacio de puertas abiertas”.

Ahora bien, ¿qué marca específica en materia de extensión pueden aportar las universidades del Conurbano creadas en la última década? Estas casas de estudio nacieron en un momento de fuerte institucionalización de las prácticas extensionistas y, por esa misma razón, cuentan con la posibilidad de incluirlas como parte constitutiva de sus funcionamientos. Por otra parte, los territorios en los que se inserta este grupo de universidades comparten algunos rasgos. Se trata de ciudades densamente pobladas, que crecieron –y crecen– muy rápidamente. Además, grandes sectores de su población estaban excluidos del acceso a la educación superior. Esa exclusión no se debía solo a la lejanía física, sino también a la distancia simbólica que se interponía a una parte significativa de la comunidad bonaerense. Las experiencias de la Universidad Nacional de Hurlingham (UNAHUR) y de la Universidad Nacional de Avellaneda (UNDAV) pueden servir para entender algunas de las formas que puede adquirir la extensión.

“La idea principal es que la Universidad sea un espacio de puertas abiertas, un paseo público en el que las personas puedan entrar y salir libremente”, sostiene Daniel Pico, secretario de Bienestar Estudiantil y Servicios a la Comunidad de la UNAHUR. Tal concepción de la extensión universitaria implica pensar un espacio de continuidad entre la institución y el territorio. Una primera consecuencia de una propuesta de estas características es que el 60% de las personas que participan en las diferentes actividades ofrecidas por la UNAHUR no son estudiantes de las carreras. No obstante, no alcanza con dejar la puerta abierta: hay que diseñar propuestas que convoquen a la comunidad.

Fútbol, hándbol, vóley, tiro con arco, judo, aikido, natación y tenis de mesa; talleres de radio, cine, danza clásica, muralismo, huerta, canto y teatro. Estas son algunas de las actividades que hacen que vecinos, estudiantes, docentes y trabajadores no docentes se vinculen con la UNAHUR. La orquesta es uno de los espacios más convocantes: participan unas 300 personas, entre adultos, niñas y niños. Relata Pico: “En los talleres se encuentran docentes, gente de mantenimiento y vecinos. Esta mezcla es muy interesante”.

También es la Universidad la que se desplaza: ese es el objetivo de “UNAHUR en los barrios”. Tal como explica Pico, se trata de un proyecto de articulación con organizaciones territoriales: “No fundamos espacios sino que nos montamos sobre actividades que ya están en funcionamiento y, a partir de las necesidades que nos plantean los referentes del lugar, sumamos lo que haga falta –apoyo escolar, deportes, juegos–”. En esta iniciativa es fundamental el rol del voluntariado estudiantil. Esa presencia en los barrios tiene otro efecto: los niños y niñas crecen sabiendo que cerca de sus casas hay una Universidad. “La idea –considera Pico– es que la UNAHUR esté en el recorrido mental cotidiano de todos, de los chicos y de los padres. Que deje de ser un secreto, una cosa lejana”. Una vez a la semana, además, funciona una feria de emprendedores sociales que sirve para promover actividades productivas en la zona.

El secretario de Bienestar Estudiantil y Servicios a la Comunidad se ilusiona con que, a medida que avancen las obras que se están construyendo, la UNAHUR se convierta en un gran polo cultural. “Hacia eso vamos –dice–. Se está construyendo una sala que, para mí, tiene que ser el cine del pueblo, porque en esta zona no hay cine”.

La UNDAV tiene algunos años más de existencia que la UNAHUR. Su recorrido tiene una impronta propia y es probable que su aporte principal sea su proyecto de “curriculización” de la extensión. Esta experiencia está sintetizada –y sostenida teórica y metodológicamente– en el libro Universidad, territorio y transformación social. Reflexiones en torno a procesos de aprendizaje en movimiento, editado por la propia UNDAV.

Los planes de estudios de todas las carreras que ofrece la UNDAV incluyen un trayecto curricular común denominado Trabajo Social Comunitario. Este trayecto se cursa en todos los años de cada una de las carreras. El objetivo es, por una parte, colocar a los estudiantes en el lugar de sujetos activos y creadores y, por la otra, enriquecer el reto individual de terminar una carrera con un compromiso social colectivo que dialogue con los saberes populares y aprenda de ellos. A esto se agrega un abordaje multidisciplinar que pone en contacto a estudiantes y docentes de distintas áreas del conocimiento.

El primer nivel de TSC se desarrolla en las aulas y aborda problemáticas político-pedagógicas que sirvan para problematizar el trabajo en el territorio. En los niveles II y III, los estudiantes ya participan activamente de distintos proyectos de extensión presentados por docentes de la propia Universidad. En esta instancia, muchas de las clases se reemplazan por encuentros en el territorio. El cuarto nivel resulta aún más ambicioso, dado que propicia que los estudiantes diseñen proyectos sociocomunitarios en articulación con organizaciones e instituciones. Los trabajos presentados están siendo sistematizados para integrar un Banco Universitario de Proyectos de Extensión. En el caso de la carrera de Ingeniería Informática, se está implementando por primera vez el quinto año de TSC. “Estudiando los proyectos con más detenimiento –reflexiona Liliana Elsegood, secretaria de Extensión Universitaria de la UNDAV–, nos dimos cuenta de que se construyó una trama tan compleja que sería imposible desarmarla en partes”.

“Al principio –recuerda Elsegood– tuvimos algo de resistencia por parte de los estudiantes. Hoy el trabajo de extensión se hizo cultura y lo defienden ellos mismos”. En la actualidad, hay unos dos mil cursantes entre los cinco niveles de TSC. La iniciativa requiere de un gran número de docentes, dado que el tipo de tarea que se realiza en el territorio no permite trabajar con comisiones demasiado numerosas: las clases están a cargo de parejas pedagógicas y las integran grupos de veinte estudiantes.

Uno de los proyectos realizados en ese marco recibió el nombre de “Arte, cultura e identidad en la vivienda” y acompañó a los vecinos de Villa Corina en un proceso de relocalización en nuevas viviendas situadas en Villa Domínico. Otro proyecto para destacar fue el “Relevamiento socio-educativo de familias de los estudiantes de la EEM N° 6  D.E. 5°”, una escuela emplazada en la Villa 21-24 del barrio porteño de Barracas. La experiencia, a su vez, engendró una nueva propuesta. Relata Elsegood: “Como crecieron los contactos entre referentes de la UNDAV y distintas organizaciones del barrio, llevamos adelante el proyecto ‘Barrio vivo’, que consistió en realizar un mapeo colectivo donde se asentó la localización de las organizaciones que ofrecían distintas actividades culturales en la Villa 21-24”.

Las nuevas universidades del Conurbano nacen con el propósito de mostrarse cercanas y amigables con los y las habitantes del territorio en el que están insertas. Ese salto cualitativo en materia de accesibilidad tiene a las actividades de extensión como herramienta indispensable. No basta con estar cerca, es necesario conocer las necesidades del territorio y dejar las puertas abiertas para que sea cada vez más fácil ver que la Universidad es un patrimonio público y, por eso mismo, se puede entrar sin golpear.

 

[1] Algunos de los textos consultados:

– Ortiz-Riaga, M. C. y Morales-Rubiano, M. E. (2011). “La extensión universitaria en América Latina: concepciones y tendencias”, en Educ.Educ., vol. 14, n° 2, pp. 349-366.

– Herrera Albrieu, M. L. N. (2012). “Una mirada sobre la extensión universitaria en Argentina”. Colombia: UNAL.

– Tünermann Bernheim, Carlos (2000). “El nuevo concepto de extensión universitaria y difusión cultural y su relación con las políticas de desarrollo cultural en América Latina”, en Anuario de Estudios Centroamericanos, n° 4, pp. 93-126.

– Castro, J. y Oyarbide, F. (comps.) (2015). Los caminos de la extensión en la Universidad argentina. La Pampa: EdUNLPam.

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