Por un cine tropicalista

El músico brasileño Caetano Veloso, en su autobiografía Verdad tropical, recuerda el impacto que le causó, en 1967, la película Tierra en trance, de Glauber Rocha. “A medida que el filme avanzaba –relata el creador del tropicalismo–, la inmensa fuerza de las imágenes que se sucedían confirmaba la impresión de que ciertos aspectos inconscientes de nuestra realidad estaban a punto de revelarse”.

Rocha es considerado el fundador del movimiento cinema novo y su largometraje Dios y el diablo en la tierra del sol (1964) es la pieza clave para entender un camino pionero (¿y frustrado?) para el cine brasileño y latinoamericano. Pero el director bahiano no fue solo un realizador; también fue un teórico del cine, como lo fueron el francés Jean-Luc Godard o el ruso   Sergei Eisenstein. La revolución es una eztétyka. Por un cine tropicalista (Caja Negra, 2011) reúne ensayos, manifiestos, artículos críticos y entrevistas que dan cuenta de un innovador y complejo sistema de ideas estéticas y políticas surgidas de un calor tropical alucinado.

De acuerdo con el crítico de cine Ismael Xavier, la obra de Rocha cobra su forma específica a partir de una pregunta que es, a su vez, un desafío: ¿cómo inventar un cine en el contexto del subdesarrollo económico? La construcción sinuosa de esa respuesta evidencia la incomprensión europea de la realidad latinoamericana. “Al observador europeo, los procesos de creación artística del mundo subdesarrollado solo le interesan en la medida que satisfacen su nostalgia de primitivismo”, considera Rocha.

En un contexto convulsionado por el ascenso de las derechas vía dictaduras cívico-militares y por una juventud numerosa dispuesta a cambiarlo todo, Rocha eligió ir detrás de un cine latino, épico y didáctico por “la liberación económica, política y cultural”. La figura del cineasta, para el fundador del cinema novo, requería ser multidimensional: “debe ser un técnico, un economista, un publicista, un distribuidor, un exhibidor, un crítico, un espectador y un polemista”.

Otro rasgo singular del director bahiano fue su capacidad de discutir mano a mano con los teóricos del cine europeo; su mirada siempre trazada de sur a norte: “Einsenstein no comprendió la espontaneidad de la arquitectura azteca o la sustantiva monumentalidad de los desiertos o volcanes. Se tentativa de estetizar el nuevo mundo se equipara a la tentativa de llevar a los indios la Palabra de Dios”. También se atreve al debate con su contemporáneo Godard (quizá la figura más reconocida de la vanguardia cinematográfica de izquierda): “Yo lo entiendo a Godard. Un cineasta europeo, francés, es lógico que se plantee el problema de destruir el cine. Pero nosotros no podemos destruir aquello que no existe. Y pensar el problema en esos términos es sectario […] Nosotros no tenemos qué destruir, sino que debemos construir. Cines, casas, rutas, escuelas, etc.”.

La película Dios y el diablo en la tierra del sol quizá sea el mejor de los manifiestos de Rocha y la mejor manera de entender su fusión entre política y estética; entre mito y épica popular y desarrollo y transformación social. Desde allí, pueden arriesgarse nuevas relaciones con otras manifestaciones del cine latinoamericano y redescubrir sus posibilidades actuales. Quizá en el plano político puedan surgir relaciones más fáciles con el cine de Fernando Solanas, aunque en el plano estético no está suficiente explorada la relación con la obra de Leonardo Favio, por ejemplo.

Lo que impresionó a Caetano Veloso y lo empujó a inventar el tropicalismo está ligado a esa fusión irrenunciable entre estética y política, entre forma y contenido, que cultivó Rocha. El director bahiano cuenta: “Vi una película cubana sobre la revolución campesina; era una película sobre la revolución en Cuba realizada en estudios […] Le pregunté al realizador ‘¿Cómo es que usted hace una película sobre la revolución campesina escenificándola en un estudio?’ […] usted no está haciendo una película revolucionaria, está tratando un tema de izquierda con un punto de vista de derecha”.

@AAUNAHUR