Un piso más alto

El Secretario de Políticas Universitarias Jaime Perczyk conversó con Aula Abierta sobre la situación del sistema universitario durante la pandemia y sobre las políticas que su gestión piensa llevar adelante en un futuro cercano. “Hay objetivos de ampliación que hay que seguir sosteniendo en la crisis económica”, sostiene.

¿Qué balance puede hacer sobre la continuidad de la actividad académica durante la pandemia?

La Argentina tenía hasta el 12 de marzo un sistema universitario prestigioso, prestigiado, en expansión, autónomo, con libertad de cátedra, cogobierno y gratuidad en las instituciones públicas. Contaba con 130 universidades –entre públicas y privadas–, con 2.200.000 estudiantes (el 80% en el sector público). Pero tenía otra característica que en aquel momento no se advertía: era eminentemente presencial. El 13 se suspendieron las clases y aún no pudimos retomar la masividad y la presencialidad de las clases. Aunque es más complejo, dar clases presenciales implica juntar mucha gente durante muchas horas en un mismo lugar. Eso la pandemia no lo permite.

En dos o tres semanas, el sistema universitario pasó de ser eminentemente presencial a ofrecer una educación remota de emergencia (que no es lo mismo que educación a distancia). Las universidades hicieron un esfuerzo muy grande que reconocemos y valoramos. Lo decimos públicamente a profesoras y profesores, a trabajadores no docentes, a estudiantes y a las autoridades.

Hay un esfuerzo enorme del sistema universitario para estar a la altura de dar continuidad de la educación que se sostiene en tres principios. En primer lugar, cuidar la salud por medio de los protocolos y las reglas que marca la autoridad sanitaria y la ciencia. Segundo, garantizar y proteger el derecho de miles de estudiantes a la educación, porque solo a partir de ese derecho puede aparecer la responsabilidad de estudiar. Si no hay derecho, no hay responsabilidad. Por último, seguir garantizando la calidad académica. La educación remota, con errores, fue mejorando. A nivel general, el sistema universitario argentino garantizó la calidad académica y protegió el derecho a la educación cuidando la salud de estudiantes y trabajadores docentes y nodocentes.

“En dos o tres semanas, el sistema universitario pasó de ser eminentemente presencial a ofrecer una educación remota de emergencia”.

¿Hubo criterios comunes consensuados entre las instituciones?

Hay ámbitos institucionales de articulación: el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), El Consejo de Universidades (CU), el Consejo de Rectores de Universidades Privadas de Argentina (CRUP) y la Secretaría de Políticas Universitarias (SPU). Hubo infinidad de trabajos de articulación con secretarios académicos, con rectores y con directores de carrera. Creo que viene una etapa en la que hay que acumular todo lo que se hizo, pero me parece que se ha hecho un trabajo enorme.

¿Cómo se prepara la vuelta a las aulas? ¿Cuáles son los protocolos y condiciones para hacerlo?

No se puede pensar una vuelta a las aulas en todo el país cuando hay realidades epidemiológicas absolutamente distintas. Yo no hablo por la autoridad sanitaria ni por el Ministerio de Salud. Si ellos dicen que en tal lugar hay circulación comunitaria del virus, allí no hay posibilidad de una vuelta académica presencial. Después hay una serie de protocolos para el progresivo retorno que hemos elaborado, que hemos acordado con rectoras, con rectores y con sindicatos. De hecho, hay universidades que han retomado prácticas de laboratorio, prácticas del último año y exámenes finales. En una facultad de la Ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, puede dictarse una materia con 700 estudiantes. Por otro lado, en otra materia, en otra facultad, en otra provincia, pude haber una clase con siete estudiantes. Esas especificidades también son tenidas en cuenta por los protocolos.

Las clases de 500 o 700 estudiantes no van a volver. Me parece que en ese punto hay algo interesante: no van a volver porque la pandemia nos puso en el espejo que eso no servía. Eso hay que transformarlo. Si tenemos un pensamiento conservador y queremos volver al 12 de marzo, este esfuerzo habrá sido en vano. Si logramos sintetizar lo que veníamos haciendo con lo que se hizo en estos meses, creo que la universidad argentina va a haber acumulado un capital interesante.

“Si logramos sintetizar lo que veníamos haciendo con lo que se hizo en estos meses, creo que la universidad argentina va a haber acumulado un capital interesante”.

¿Qué otras lecciones incorporó el sistema universitario durante la pandemia? 

La pedagogía tradicional universitaria sostenía clases teóricas masivas. Como profesor uno sabía que los primeros treinta estaban atentos y escuchaban; los sesenta de más atrás iban y venían; y a los de atrás los perdíamos. Es posible que ese tipo de clases se den a distancia; que un estudiante no vaya a la universidad a escuchar cómo alguien habla, sino a hacer preguntas, a discutir, a hacer aportes, a construir otra cosa. Es un proceso formativo arduo para las y los profesores.

¿Cuáles son los ejes centrales de la política universitaria una vez superada la pandemia?

Primero, tenemos la obligación de ir a buscar a muchos chicos y chicas que se fueron de la universidad en la pandemia. Es una responsabilidad de la universidad. En segundo lugar, trabajamos mucho con estudiantes que trabajan, pero tenemos que ampliar nuestra frontera a las y los trabajadores que quieren y necesitan estudiar. Lo necesitan ellos, la industria y la Argentina.

Por otro lado, ampliar la educación a distancia nos va a posibilitar la llegada a todo el territorio nacional. La Argentina será el 21º país del mundo en población, pero es el octavo en superficie. Entonces, se requiere de un esfuerzo enorme para llegar a todo el país. No estamos de acuerdo con que si alguien nace en tal cuna, tal casa o tal cuadra no tenga posibilidad de ir a la universidad.

Creo, además, que la universidad tiene que hacer un esfuerzo por vincularse a lo que define el Estado en relación con las palancas de desarrollo. Cada uno tiene la libertad de estudiar lo que quiere, pero además la Argentina necesita determinados profesionales vinculados a distintas áreas: energía, alimentos, computación, software, inteligencia artificial, transporte, logística, atención primaria de la salud. Y también deben atender los problemas de desarrollo regional: la minería, la vitivinicultura en Cuyo, todo lo que tiene que ver con medioambiente y todo aquello vinculado a nuestro mar. Si la universidad quiere ser parte de la solución de los problemas, ese es el lugar donde que tiene que estar.

“Tenemos la obligación de ir a buscar a muchos chicos y chicas que se fueron de la universidad en la pandemia”.

¿Y en relación con la escuela secundaria?

Hay que fortalecer la formación vinculada a la escuela secundaria. Es algo que ya veníamos discutiendo, pero la pandemia agudizó las dificultades del nivel secundario. Hay una gran cantidad de chicos que también se fueron de la escuela y esto implica un gran desafío. Las universidades no pueden mirar para otro: es constitutivo de la universidad atender a la escuela secundaria.

La brecha digital es otro problema ya conocido que la pandemia hizo que no se pudiera disimular más.

Es parte del mapa de la desigualdad. La Argentina sigue teniendo problemas del siglo XIX. Hay compatriotas que tienen el baño afuera, que no tienen agua en la casa; que tienen agua en la cuadra. Esos son problemas que, entre comillas, la Argentina de la Ciudad de Buenos Aires resolvió. La Argentina no lo resolvió. Seguimos teniendo problemas del siglo XX: chicos que se van de la escuela secundaria, que no terminan de comer. Y tenemos problemas del siglo XXI: la falta de acceso a las redes y a los equipos es un indicador de desigualdad. En la Argentina hay hogares con más de una pantalla por cada habitante del hogar y con WiFi; pero también hay chicos que no tienen conexión a Internet, que no pueden consumir sus datos y, si lo hacen, es a costa de un esfuerzo económico, cognitivo y social enorme.

Soñamos con una Argentina más igual. Eso no se construye poniendo el techo. Al contrario, el Estado y la sociedad deben hacer un esfuerzo enorme para subir el piso. Ese es el movimiento de política económica y social al que aspiramos. El tema es cómo garantizamos un piso mínimo y más alto a todo el mundo. Eso es lo que reduce la desigualdad. El Estado y la política económica tienen una participación decisiva. Y la política educativa también.

@AAUNAHUR