El periodista Andrés Burgo es el autor de dos libros que posan su mirada en los que quizás sean los partidos más importantes disputados por equipos o seleccionados nacionales de fútbol en toda nuestra historia.

En efecto, en 2019, días después de la final de la Copa Libertadores de América disputada en Madrid (extraña paradoja) entre River Plate y Boca Juniors, escribió La final de nuestros días. Convertido inmediatamente en best seller, es un fresco de la súper final protagonizada por los mencionados equipos. Sin embargo, ese no es el libro del cual queremos hacer una reseña, pero mencionarlo nos sirve para señalar que Burgo es un escritor al que hay que tener en la biblioteca de nuestra casa.

El partido. Argentina – Inglaterra 1986, publicado en 2016, forma parte de la llamada literatura deportiva y nos introduce en los días de junio de 1986, más precisamente en México, donde se jugaba el mundial de fútbol. Argentina llegó a ese torneo casi por casualidad y gracias al enorme coraje de Daniel Passarella, que se puso el equipo al hombro en el partido decisivo de la eliminatoria ante Perú en el Estadio Monumental de Núñez.

Si alguien cree que solo va a leer 296 páginas sobre el citado encuentro futbolístico, se equivoca rotundamente. Del mismo modo que si cree que el relato girará en torno a la historia de los dos goles más recordados a lo largo de los mundiales –convertidos por Diego Armando Maradona– o a la historia del relato más famoso de la historia en la privilegiada garganta de Víctor Hugo Morales. En verdad, el partido funciona como una fantástica excusa para hablar de la sociedad y cultura de los ochenta. Del retorno de la democracia, de la intacta capacidad de veto de los militares. De la reciente Guerra de Malvinas. De las negociaciones y presiones para desplazar a Carlos Salvador Bilardo de la dirección técnica. De la poca confianza que despertaba ese equipo en la afición futbolera. De la improvisación con que se llegó a México, alejada de los estándares de súper profesionalismo actuales.

Si tuviéramos que analizar el libro desde una perspectiva histórica, haríamos referencia a que este trabaja sobre la historia reciente, trabaja sobre la memoria y se concentra en las personas comunes, habitualmente dejadas de lado en lo referente a los procesos históricos que suelen concentrarse en los grandes personajes.

En lo vinculado con la historia reciente, este campo de estudios, en lento pero sostenido proceso de desarrollo, da marco al trabajo de Andrés Burgo. Florencia Levín y Marina Franco, en su libro Historia reciente. Perspectivas y desafíos para un campo en construcción (2007), rastrean los orígenes de esta nueva área de estudios históricos y los asocian a la imperiosa necesidad de encontrar una explicación a sucesos trágicos acaecidos durante el siglo XX. Por caso, la crisis civilizatoria promovida por la devastadora Gran Guerra en el mundo occidental se constituyó en su primer estímulo. Los estragos de la crisis social y económica generados por el crack financiero de Wall Street en 1929 y, más tarde, la experiencia límite de la Segunda Guerra Mundial y su tragedia emblemática, el Holocausto, aportaron sobrados motivos, interrogantes y materiales para impulsar este campo de estudios.

Puede apreciarse que una característica que unifica este campo epistemológico es que se desarrolla a partir de un trauma que deja profundas huellas en la sociedad. En el caso europeo, este tema es el de la Segunda Guerra Mundial y el genocidio. En nuestro país, en cambio, se encuentra estrechamente asociado a los convulsionados años setenta del siglo pasado y, en particular, a la última dictadura cívico-militar, que tuvo lugar entre 1976 y 1983. Desde esta perspectiva, la historia reciente es ante todo una historia de la cultura de nuestro tiempo. Y pocas cosas más representativas de la cultura nacional que un partido de fútbol decisivo en un mundial y ante Inglaterra. Cabe destacar que con el país europeo, al igual que con Estados Unidos, nos une una relación ambivalente, que va desde la admiración de vastos grupos sociales a su cultura y organización social al rechazo por su ocupación de las Islas Malvinas y por la sumisión de las elites nacionales hacia las políticas implementadas por Londres que alcanzó su paroxismo en ocasión del Pacto Roca-Runciman en 1933.

Hicimos mención a que un análisis de Argentina-Inglaterra en el mundial de México 86 también puede abordarse desde la memoria. Esta puede ser histórica, social o personal. En mi caso tenía ocho años, con lo cual mis recuerdos son difusos. “Mi” mundial fue el de Italia 90: era cuatro años más grande y lo recuerdo al detalle, desde la banda sonora, pasando por el tobillo lastimado de Maradona, hasta la obra de arte forjada entre él y Claudio Caniggia que injustamente dejó a Brasil derrotado luego de su abrumador dominio a lo largo de los 90 minutos.

François Hartog sostiene que, aunque los historiadores siempre han tenido relación con la memoria, casi siempre han desconfiado de ella. En ese sentido, la memoria es una fuente central para la historia, también en sus tergiversaciones, desplazamientos y negaciones, que plantean enigmas y preguntas abiertas a los investigadores. Por su parte, la historia permite cuestionar y probar de modo crítico los contenidos de las memorias, y esto ayuda en la tarea de narrar y transmitir memorias críticamente establecidas y probadas. La memoria puede ser definida como el modo en que las representaciones colectivas del pasado se forjan en el presente y estructuran las identidades sociales, otorgándoles un sentido. El partido Argentina-Inglaterra constituyó para millones de argentinos un momento central de sus recuerdos y, sin dudas, puede interpretarse como parte de las representaciones colectivas del pasado.

Por último, el escrito de Burgo pone el foco en las historias de las personas comunes y en las historias mínimas ocurridas en aquel evento futbolístico. Una de ellas estuvo referida a la camiseta con la que jugó Argentina ese 22 de junio de 1986. El combinado nacional solo había llevado un juego de camisetas suplentes y se había usado contra Uruguay, cuando se dirimió qué equipo avanzaba de ronda. Ese juego quedó prácticamente inutilizado, y además Bilardo no estaba conforme: quería camisetas caladas para que los jugadores respiraran y pudieran soportar las altas temperaturas. La minuciosa descripción de la búsqueda de la indumentaria por las calles de México D.F. es uno de los momentos más logrados del libro, dado que mezcla lo inverosímil, lo improvisado y lo fantasioso en un potente relato de una anécdota en teoría irrelevante. Al decir de Carlo Guinzburg, los indicios permiten captar las huellas de procesos sociales más grandes. Haciendo una analogía, la fatigosa búsqueda de la camiseta por el país latinoamericano contribuyó a forjar el mito de aquel partido inolvidable. El libro de Burgo se transforma en una historia coral cuando pone el eje en los recuerdos de jugadores como Garré y Giusti, o de los utileros del plantel, en lugar de hacerlo en Maradona, lo que hubiera sido más previsible.

En suma, este trabajo constituye uno de los casos más logrados de un libro que combina historia, memoria y construcción colectiva de identidades. Es cierto que el tema es interesante, pero el autor no se queda a la zaga y lo potencia enormemente con una prosa que invita a seguir leyendo sin descanso hasta que el final. De eso se trata un gran libro.

[*] Reseñado por Iván Pablo Orbuch. Profesor de Historia de la Educación y de Historia de la Educación Física en el Profesorado Universitario en Educación Física de la Universidad Nacional de Hurlingham (UNAHUR).